Después de cinco capítulos de esta serie, mi conclusión es que estoy ante una revisión de 1984 con aires victorianos en el nuevo continente.

La base de la historia es la religión, misoginia y revanchismo. Como mucha gente en la realidad, sin nada de distopía, se usa la religión como excusa para la imposición por la fuerza. Y digo bien, excusa, porque todos los personajes saben la verdad, todos viven el doble pensamiento que les permite estar cómodos ante el horror.

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Misoginia sin duda alguna. La mujer vuelve a ser víctima, y la historia nos muestra cómo, pese a todos los avances en la igualdad, el retroceso no es tan difícil si llegado el caso el mismo mayor enemigo feminista se encuentra entre las propias de su género. La homofobia patente es una derivación de esa misoginia, de esa negación de cualquier opción que no comprenda la procreación como fin máximo del ser humano.
Y el revanchismo, la reacción de una parte de la sociedad putrefacta que está ahí, callada y esperando para cuando llegue el momento oportuno. Son una minoría, no representan los sentimientos de la mayoría, pero si cambiaran las prioridades, ¿qué ocurriría? La historia nos ha enseñado que la masa puede de llegar a aceptar cosas en las que no cree a cambio de otras… es capaz de callar si obtiene un beneficio por ello y mirar hacia otro lado.

Con una fotografía que impresiona, que muta según los estados de ánimo de los personajes, y un sonido envolvente que acompaña en todo momento, es una serie dura de ver porque en el fondo de nuestro subconsciente sabemos que nada es imposible. La actualidad lo demuestra cada día.
Serie imprescindible que el tiempo pondrá en su lugar.

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