Ya se sabe que los hombres no lloran, quizá por eso nunca me he considerado uno de ellos por mucho que tenga una buena polla.

Fue un día de esos que las lágrimas no dejaban de brotar cuando nos conocimos. Yo estaba en un taburete de madera incómodo, sin miedo a que me reconocieran y demasiado encerrado en mi infierno para ver más allá de mis narices.

Al levantar la mirada la vi allí, en la barra pidiendo que me acercara para pasar un buen rato. Estaba dispuesta a dar todo de sí porque yo fuera feliz. No sabía que estaba a punto de ser un asesino, alguien implacable que no iba a parar hasta que consumara su crimen. Llamé al camarero y me puso la primera copa de whisky a secas que había tomado en mi vida. Había bebido antes, pero nunca de esa manera y siendo consciente que el precio de olvidar iba a ser mi propia vida.

Me convertí en asesino, o mejor dicho en suicida, porque ya no pasó un día en que dejará de ir a la barra de ese bar para que los problemas de diluyeran a la vez que mi existencia.

 

man-937665_960_720

Anuncios